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Opinión 09/07/2018 6:55 am

Voces de la Academia: Marcelino Mejías en su obra

En su modesto taller, acompañado de sus herramientas y un viejo radio, los días de Marcelino transcurren en un permanente ejercicio de innovación. A veces como artesano y la más veces como artista creador, como inventor, como un acreditado que disfruta los retos impuestos por cada trabajo que le viene. Para él no hay un quehacer más digno que otro. Igual puede tratarse de un juguete que amerita reparación, un objeto de arte que requiere restauración, una pieza mecánica, o la figura de un personaje de importancia cultural. De igual modo le consagra todo su empeño y respeto. Con la misma paciencia y habilidad técnica, con el mismo afecto, y generosidad, le consagra toda su maestría, todo el saber acumulado por años en su oficio, hasta lograr lo que su espíritu le impone como mandato, aquello que los alquimistas de la Edad Media llamaban la piedra, el lápiz, el opus.  Es decir, la perfección humana de la obra, hasta el extremo posible.

En su quehacer no hay horario ni clima adverso. Trabaja por pasión, pero también por la necesidad de vaciar esa fuerza que se agita dentro de sí mismo como un torbellino. Cuando el reposo ha sido obligado, le sobreviene un desasosiego, una inquietud febril, hasta que encuentra un modo propicio para descargar y aplacar en catarsis, el daimon de la invención, en un nuevo objeto. Todo menos la inanición. Cualquier cosa, excepto el vacío. Su ser es hacer, pero no cualquier hacer, sino aquel que lleva su sello, la huella de su espíritu, la marca de su habilidad y pasión.

Desde su infancia fue así. Inventaba y fabricaba sus  juguetes, y le bastaba observar cómo hacían o reparaban alguna máquina de trabajo, o algún utensilio hogareño, para enseguida descubrir cómo operaban sus mecanismos internos; cómo perfeccionarla, adecuarla a otras exigencias, o como simplificarla, sin perder su función primordial. No sólo es la imaginación creadora, sino esa privilegiada conexión entre la mano y el cerebro, la mirada espacial, y la armonización estética en su elaboración.

Marcelino nació en un campo en 1937. Unas extensiones arboladas aledañas a Los Teques, donde apenas había algunas casas de bahareque, animales, cantos de pájaros, mucha neblina, y un radio dentro de la casa, que los conectaba con el mundo a través de las palabras. El resto era imaginación, mucha fantasía para darle forma al espejismo de lo que ocurría lejos, más allá de lo que no se podía ver, detrás de las montañas que rodeaban el campo donde estaba con sus padres y hermanos.

Todo fue igual hasta el día en que observó la forma como Pedro Castro, un albañil autodidacta, construía las casas, el mobiliario, algunos objetos, y los juguetes para sus hijos. Aquello fue un punto y aparte. Con los días, el artesano se convirtió en su maestro, la persona que le permitió tocar y utilizar sus herramientas, responder a todas sus preguntas, y confiarle tareas lo ayudaron a descubrir su pertenecia al universo de las formas.

Desde ese día se marcó un destino que habría de llevarlo mucho después a exponer su obra en museos, universidades, casas de artistas y clubes, llevando sus figuras debajo del brazo, no sólo en su patria, sino en otros países donde también se ha valorado su creación; alternando con artistas de todas las expresiones, recibiendo homenajes y distinciones, respondiendo a entrevistas de escritores y periodistas de radio, cine y televisión, prensa, y sentir aquello que se siente al ver su nombre entre los mismos que siempre había admirado y respetado por  su obra.

Fue el doctor Luis Enrique Luna quien lo estimuló para que expusiera sus trabajos ante la mirada del mundo. No sólo lo abaló con su fe y su entusiasmo, sino que él mismo escribió la reseña de cada personaje, y se prestó a sí mismo para que sumara su imagen a las que ya había elaborado.

Hoy Marcelino tiene 81 años. Una edad merecida, por la disciplina que le toca seguir cada día, en su padecimiento diabético, pero también por la sabia y humilde actitud ante su obra, que le hace verla en todos los casos como inacabada, insuficiente, sujeta a revisión, hasta que la obra misma le habla y lo sosiega. Esta actitud frente al objeto concebido es la que marca, a mi modo de ver, la diferencia entre lo artístico y lo artesanal, entre lo utilitario y lo puramente estético, que señala el camino de la trascendencia.

César Gedler

Academia de la Historia del Estado Miranda

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