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Opinión 11/06/2018 6:04 am

Voces de la Academia: Los viejos caminos de San Antonio de Los Altos

San Antonio de Los Altos es hoy una de las ciudades mejor conectadas de Los Altos. A 14 kilómetros de Coche, por la carretera Panamericana, que asciende más de 500 metros a través de una vía amplia de cuatro canales, con división en el medio, San Antonio se ha convertido en la ciudad dormitorio más cercana a Caracas, con buenos servicios y calidad de vida para sus habitantes. Cada día, sin embargo, parece más cercana al caos citadino y a punto casi de ser engullida por su vertiginoso crecimiento.

No obstante, no siempre San Antonio estuvo tan bien conectado a Caracas. A principios del siglo XX la interconexión se lograba mediante dos vías, principalmente. La primera era por El Cují. Desde el lugar conocido como El Sitio, encrucijada de caminos hacia Pacheco y Potrerito, se subía por donde hoy están La Suiza y el Parcelamiento San Juan, hacia El Picacho y pasando por Pozuelo y la hacienda de San Luis, propiedad de la familia Monicou, hacia La Boyera. Desde allí por El Cují, dejando a un lado La Peña (donde existen unos interesantes abrigos rocosos verticales), se bajaba a La Mariposa. Ese enorme bajo lo constituían hermosos terrenos que hoy albergan el dique del mismo nombre que surte de agua a Caracas. De allá se pasaba a Las Mayas, después de atravesar el río Turmerito. Este, aguas arribas, lo forman la quebrada de Don Blas y las torrenteras que bajan de la serranía de Pipe. Más adelante se une a la quebrada de El Valle y luego cae al Guaire. Por La Mariposa subía el camino hacia San Diego de Los Altos, el famoso camino del Llano, y se reunían las quebradas que venían de La Cortada de Maturín.

Por El Cují bajaban los agricultores de San Antonio con sus recuas cargadas de productos de las siembras, flores y carbón. Salían entre dos y tres de la madrugada los días de mercado para ofrecer sus productos en el mercado de San Jacinto, en el centro de Caracas, y subían ya hacia el mediodía. Cuando se empezó la construcción del Acueducto Metropolitano hacia 1975 se amplió la vía y fue asfaltada poco después, alrededor de 1977. Siempre ha sido una de mis preferidas, aunque muy empinada y estrecha. Con razón mi padre, Horacio Biord Rodríguez, solía recordarme que era un camino de recuas.

La segunda vía era por San Diego. Desde San Antonio, se subía por El Amarillo hacia El Alto de la Yeguas y de allí se le entraba a San Diego por Cantarrana, hacienda que fue a principios del siglo XX de don José Gregorio Abreu. Hacia 1930 se abrió la carretera que comunicaba desde Quebrada Honda hasta la quebrada de La Morita, zona antes también llamada El Naranjal. Era la carretera que unía a San Diego con Los Teques pasando por Pasatiempo, Quebrada Honda, Carrizal, Corralito y Los Cerritos.

Por la montaña de Pipe, se bajaba a Las Adjuntas, pero era un camino largo y fragoso, por donde estaban las antiguas haciendas Santa Isabel y San José y hoy la urbanización Club de Campo, sitios todos llenos de historia y de leyendas sobre rutas antiguas transitadas incluso por Bolívar, según creencias populares.

Hacia 1937 se abrió la vía de El Cambural que partía de La Mariposa y llegaba a Pacheco, bordeando el río con las cascadas homónimas. Esa fue por cerca de 18 años la principal vía de acceso a San Antonio de Los Altos, por allí subían los autobuses que comunicaban Caracas y San Antonio. Uno de ellos, el más recordado quizá, era el de Juan de Dios Díaz Perdomo.

La Panamericana fue construida en poco tiempo e inaugurada en diciembre de 1955. Desde entonces ha ido cambiando paulatinamente la geo-orientación de Los Altos. La Panamericana permitió el crecimiento acelerado de San Antonio, su caótica urbanización y su transformación social, así como la de los otros pueblos. San Diego quedó demasiado alejado de la vía y Carrizal un poco más cerca. Las nuevas urbanizaciones, como Colinas de Carrizal y Los Castores, fueron surgiendo a la par que instituciones como el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas.

Las antiguas aldeas serranas se abrieron a la aventura urbana que lucha contra la neblina, el rocío y las bajas temperaturas en los meses primeros del año, entre el canto de guacharacas y la evocación de un pasado reciente cada vez más pretérito para los nuevos habitantes.

 

Horacio Biord Castillo

Contacto y comentarios: [email protected]

Academia de la Historia del Estado Miranda

 

 

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