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Opinión 16/10/2017 3:27 pm

Ganó el hambre

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¿Cómo es que parte de un pueblo hambriento apoya al Gobierno que causó su hambre? Es la pregunta que todos nos hacemos hoy tras los resultados de las elecciones regionales, más allá de todas las discusiones acerca de fraudes, que los hay, y derrotas por abstención, que también las hay.

Sabemos que el sistema electoral venezolano es ventajista y fraudulento a favor del régimen. Sabemos que muchos de nuestros candidatos no eran los mejores, pero fueron escogidos en primarias y, en todos los casos, los del PSUV eran peores. Sabemos que hubo una poderosa campaña abstencionista, aunque al final el porcentaje fue similar al de elecciones regionales anteriores. Sabemos que se han ido millones de electores nuestros. Sabemos que utilizan el chantaje para administrar el hambre de los sectores más pobres y traducirlo en votos, con la esperanza de que las migajas sigan llegando si el candidato rojo gana. Tristemente, sabemos que estos sectores miserables compran la estrategia y es de eso que quiero hablar.

Desde la sociedad colonial, las Resistencias han sido apenas reductos dirigidos por grandes personajes o por grandes intereses. Las mayorías se suman a las filas del poderoso, buscan su protección, necesitan alguien superior que les ayude y guie. Temerosos, prefieren gritar “¡vivan las cadenas!” y estarn de buenas con quien manda, que tratar de romperlas para generar conflicto. Tal comodidad, en medio del bochinche por supuesto, es nuestra condena.

El llano es la mayor expresión de esta conducta que se extiende, con sus particularidades, por todo el país. Cuando Miranda por fin lograba organizar una República por allá en 1812, se unieron a Monteverde bajo la promesa de saquear cuanto consiguieran a su paso, matar y violar sin castigo: un manjar difícil de rechazar. Lo mismo con Boves, con Páez la causa era mejor y las formas menos crueles, pero después se van con Zamora y así van afiliándose a cuanto caudillo ofrezca tierras, aguardiente y bolsas del CLAP.

Ya en el siglo XX, antes, durante y después del Cesarismo Democrático y sus gendarmes necesarios, el populismo se va abriendo paso hasta instituirse con la llegada del bipartidismo. Carros, motos, electrodomésticos y comida, son las principales razones para que un venezolano, principalmente de clase depauperada, vote por tal o cual candidato. De allí que nuestras campañas políticas para ser exitosas deban ofrecer cuestiones materiales inmediatas, pues grandes planes y proyectos de nación, estado, localidad… son difíciles de asimilar por las masas.

En las pasadas elecciones regionales, la oposición tenía como meta dar un revés político a la Dictadura sabiendo todos los obstáculos e incluso que no les dejarían gobernar, pero con un rechazo al régimen superior al 75%, la lógica diría que más o menos ese porcentaje de gobernaciones deberían ganarse. Ni cerca. Hubo estados donde realizaron fraude directamente con los votos, y otros donde, cuesta creerlo, se perdió “legalmente”, como Miranda.

Finalmente, fuimos aplastados por la maquinaria del chantaje que permitió elegir a exministros de educación que no quieren educar mucho, vaya a ser que la gente piense; a exministros de alimentación que no quieren alimentar mucho vaya a ser que la gente deje de necesitar comida regalada; a militares que hablan Derechos Humanos mientras patean a un joven; a drogadictos que hablan apenas lo que la nota le permite; a lo peor entre lo peor.

Desde la Unidad, aunque no ofrecimos planes ni programas, se habló de dignidad, de rebeldía, de justicia, de vencer al poderoso, y eso parece no ser tan bueno como la bolsa del CLAP para un pueblo que pasa hambre. Tiene sentido. Al final, con principios no se come y ¿cómo puede hablar del hambre el que sí desayunó?

Algo debe estar claro. Esos reductos de Resistencia que mencioné al principio, siempre vencieron porque persistieron. Ya lo decía Bertolt Brecht: “hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.

Carlos Javier Arencibia

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